Los tiempos son de diferentes colores, como las uvas, las manzanas, las fresas y todas es-as y esos otros que no terminan así como es-as, y cuando digo que son diferentes es porque aunque pensemos o nos sepa igual, nunca sabe igual, el limón de ayer no sabe al de pasado mañana, no sólo porque ya no seamos los mismos, sino porque ellos, aunque sean tan idénticos, no sólo en su nombre sino en su forma, a cada uno lo bajaron o cayeron de un distinto lugar del limonero…..
Así era Blanca, distinta, no sólo de todas, si no de ella también; un día estaba roja y otros días blanca y así, como las causas que un día dejan de ser causas para volverse cualquier otra cosa. La causa de Blanca no era ninguna, ella sólo abría los ojos, batía un poco las manos, saltaba cuando podía, o sea, cuando soñaba, Blanca no tuvo muchos colores, mejor dicho; muchos tiempos. No le dieron tiempo, tiempo para darle a él un beso, a ella una flor, al suelo sus pasos y a los deshechos de la calle alguna patada. Blanca sabía a flor de Jamaica, a dulce de uchuvas, a chocolates rellenos a frutas de es-as y de las otras, pero nunca supo nada, ni siquiera que era distinta de ella y de las otras. Pero ¿qué debía saber Blanca a caso? si ella era el último intento que yo iba a hacer para que no te salieras de mí. El día que Blanca estuvo más roja que siempre, fue cuando ese líquido rojo que está debajo de la piel se salió contigo.
Ese día Blanca comenzó a ser igual a todas y a ella misma, Blanca era un intento de los que todos hacen para salvar un amor que ya no servía.